viernes, 13 de junio de 2014

Una racionalidad completa

En este blog se defiende una vida racional. El punto de partida asumido es que somos seres racionales y el uso de la razón es conveniente. Ahora bien, no es fácil especificar en qué consiste la racionalidad deseada. Tiene que ver con la coherencia, la sencillez, el sentido común, la prudencia, la crítica, el pensamiento lógico, el razonamiento. Y también con un cierto respeto a la propia naturaleza. Más fácil que definir la racionalidad es dar ejemplos de actitudes o acciones racionales que se han expuesto muchas veces en este blog. Así, es racional no consumir innecesariamente, ser crítico ante ideas raras o evitar complicaciones absurdas. Y también es racional procurar cuidarse, estar atento al propio cuerpo o buscar cierta armonía con la naturaleza. Pero seguramente lo más distintivo de la racionalidad es el reconocimiento y la aceptación del mejor argumento, rasgos que quizás no han sido propiamente ensalzados aquí y de los que hoy quiero hablar.

Imaginemos una persona sumamente sensata y con hábitos sencillos, de modo que lleva una vida respetuosa (dentro de sus posibilidades) con su naturaleza y con el entorno. Es una persona frugal en el consumo, con poco apego a lo material y con amor propio. También es una persona crítica con el medio que la rodea. Así, por citar algún ejemplo, siempre se pregunta qué intereses económicos puede haber tras una campaña publicitaria o tras la difusión de determinadas noticias. Todo esto constituye una conducta racional. Pero supongamos también que esta persona es racista, o sexista, o clasista, o todo ello a la vez. ¿Sería racional esta actitud? No, porque, aunque esta persona podría aportar algunas razones a favor de su postura, no podría aportar una buena razón. La mejor razón para no ser racista, sexista o clasista, más allá de los argumentos positivos, es que no hay ninguna buena razón para serlo. Contra este argumento, nada puede hacer el oponente (a menos que encuentre esa buena razón que hasta hoy no ha aparecido).


Cualquiera que esté mínimamente familiarizado con las razones esgrimidas a favor del sexismo, el clasismo o el racismo sabe que ninguna de ellas se sostiene. Son muy malas razones. Ser racional es despreciar los argumentos falaces y no aceptar una tesis si no hay evidencia para ello. La racionalidad no es completa si no se decanta siempre por el mejor argumento. No basta con respetar algunos preceptos racionales.

2 comentarios:

  1. Me ha gustado bastante, me quedo especialmente con “La mejor razón para no ser racista, sexista o clasista, más allá de los argumentos positivos, es que no hay ninguna buena razón para serlo”, aunque alguien que desea la discriminación positiva aduzca que la discriminación es buena, pero por ello mismo esa persona no es racional.
    Un abrazo

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    1. Gracias por tu comentario Alberto Antonio.
      Un abrazo

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