A veces se oye hablar de especies invasoras (o invasivas) y generalmente en un tono negativo pues, según se dice, los
individuos de estas especies desplazan a los de las especies autóctonas, acaban
con ciertos cultivos o modifican de alguna otra manera el entorno natural en el
que se introducen. (Sin olvidar tampoco que, entre los efectos indeseables que
producen, casi siempre están cuantiosas pérdidas económicas para el ser
humano). Los casos del mejillón cebra y del caracol manzana, por ejemplo, se
han hecho populares por estos lares en los últimos tiempos. Del discurso sobre
las especies invasoras (al menos, el difundido por los medios de comunicación)
siempre me han sorprendido varias cosas.
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martes, 22 de abril de 2014
martes, 4 de marzo de 2014
Contra la visión idílica de la naturaleza humana
Algunos piensan, como Rousseau, que el ser humano es bueno por naturaleza (y que es la sociedad quien le corrompe- Hay que notar que se hace esta matización porque no se puede negar la maldad en el comportamiento humano). Otros piensan, como Hobbes, que el hombre es un lobo para el hombre. Como ocurre muchas veces, la verdad seguramente está en un punto medio. No es que el ser humano sea enteramente malo, pero, desde luego, tampoco es enteramente bueno. Sin embargo, hay cierta asimetría en los extremos. Creo que es mucho peor (por decepcionante y temerario) creer en la bondad innata y absoluta del hombre que en su maldad. El problema es que, como vivimos en sociedad y tenemos ya muchas capas de cultura encima, es difícil dilucidar en qué consiste la naturaleza humana previa a la manipulación cultural, por decirlo de alguna manera. Dejando a un lado los esfuerzos imaginativos, una manera de ponernos en situación es ver lo que pasa con otros seres que, por un motivo u otro, consideramos que están menos manipulados, más cerca de la naturaleza, por lo que muestran de modo genuino sus inclinaciones naturales. En este sentido, puede ser útil ver cómo se comportan los llamados ‘pueblos primitivos’, los niños y los animales.
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