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martes, 25 de marzo de 2014

Recambios, componentes y la ley del mínimo esfuerzo

El post de hoy es para denunciar otra irracionalidad más del mercado en el que estamos: la falta de componentes o recambios. Voy a ilustrarlo con algunos ejemplos reales. Si se nos rompe el embellecedor de un interruptor de la luz, no hay manera de encontrar esa pieza para cambiarla. Tenemos que comprar todo un conjunto de piezas que no necesitamos; en este caso, toda la carcasa externa con el embellecedor junto con la parte eléctrica. Lo mismo sucede con muchas piezas de mecanismos (por ejemplo, con piezas de motores): aunque solo necesitemos una pequeña argolla de plástico, que tiene un precio irrisorio, nos hacen comprar todo el conjunto o mecanismo que la contiene, a un precio no irrisorio, porque no se vende suelta. Otras veces tenemos que aguantarnos sin el repuesto pues ni siquiera lo venden incorporado en un conjunto. La alternativa que nos dan es directamente adquirir un producto nuevo. Por ejemplo, si se nos rompe la tecla de un teclado o el botón de un mando a distancia, nos proponen comprar un teclado o un mando nuevos (¡la justificación es que el precio de estos productos no es alto!).

martes, 11 de marzo de 2014

Vivir sin tarjeta de crédito

Una de las pequeñas cosas que más me exaspera es que las personas que van delante en la cola de alguna tienda paguen con la tarjeta de crédito una compra de 12 euros. Estas operaciones siempre ralentizan la espera. Pero lo peor, claro, es que pagar con tarjeta beneficia a los bancos. Como se sabe, los bancos pillan un porcentaje del gasto que hacemos al comprar con tarjeta (por eso, entre otras cosas, algunos establecimientos no aceptan los pagos con tarjeta). Algunos alegan que pagar con tarjeta también es cómodo para el usuario (no tiene que llevar dinero encima) y, además, es más seguro. Bueno, me parece que, para las cantidades que manejamos en el día a día, no es nada incómodo ni arriesgado llevar el dinero encima y prescindir de tarjetas… Yo lo hago.

martes, 1 de octubre de 2013

Cuando tiramos el dinero

Hace unos días veíamos que hay ocasiones en que nos obligan a tirar el dinero (por ejemplo, cuando tenemos que comprar en la farmacia 60 pastillas necesitando sólo 12). Pero, por desgracia, en muchas otras ocasiones, acabamos tirando el dinero voluntariamente, ya sea por un mal cálculo, por dejadez, por debilidad o por falta de crítica.

Repasemos algunas de esas ocasiones para ser conscientes de nuestros errores:

(i) Tiramos comida caducada o en mal estado. Generalmente por no planificar bien o porque nos puede el ansia de hacer acopio, compramos más comida de la que vamos a gastar en un cierto periodo. Como resultado, ésta se estropea y hay que tirarla.

(ii) Compramos por capricho. A veces compramos caprichosamente sin ningún otro motivo importante. No es raro entonces que lo que hemos comprado acabe aparcado en un rincón sin apenas uso.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Cuando nos obligan a tirar el dinero

Se hace evidente que la actual forma de vida del homo sapiens en la tierra es irracional: derrochadora, contaminante, destructora. Sin sentido. Hay grandes muestras de ello, que son las que nos hacen perder toda esperanza en el ser humano. Pero hoy quiero centrarme en algunas pequeñas cosas que muestran esa irracionalidad en nuestra cotidianeidad: las situaciones en que nos vemos obligados a tirar el dinero, con lo que conlleva, claro, de desperdicio de trabajo humano, de contaminación, de gasto de recursos, etc. Veamos algunos casos concretos:

(i) Nos obligan a pagar por una cantidad extra de medicamentos que no necesitamos. A todos nos ha pasado que el médico nos dice que tomemos un cierto número de pastillas durante un tratamiento y, en la farmacia,  la caja disponible más pequeña tiene muchas más. Ni que decir tiene que en el caso de necesitar dosis muy pequeñas de medicación (por tratarse de niños o animales) o en el caso de tratamientos muy cortos, la diferencia entre lo que necesitamos y lo que tenemos que pagar es abismal. Muy bien puede suceder que nos hagan pagar 60 pastillas, por ejemplo, y necesitemos sólo 5[1]. La irracionalidad al servicio de ciertos intereses económicos.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Comprar racionalmente: comprar lo mínimo

La conclusión a la que he llegado es que comprar racionalmente es, por encima de todo, comprar sólo lo necesario el número mínimo de veces. En el resto del post, voy a desarrollar esta idea. Parto del supuesto que al comprar, igual que con otras muchas actividades, debemos guiarnos por la razón, y no por impulsos. Lo primero es ser consciente de lo que significa comprar. Adquirir objetos o servicios no es gratis, así que, como el dinero (honrado) procede del trabajo, comprar se puede ver como cambiar una parte de nuestro trabajo por otra cosa. En general, trabajar es costoso y lo más racional parece ser intercambiar nuestro trabajo por algo que realmente merezca la pena.

Por supuesto, lo que necesitamos para vivir dignamente no sólo merece la pena sino que parece ser el fin por el que trabajamos. Una de esas cosas es el alimento. Si uno, por lo que sea, puede conseguirlo por otras vías legítimas (por ejemplo, produciendo su propio alimento), perfecto; si no, tenemos que comprar la comida. Otra de las cosas que no podemos librarnos de comprar a veces es la ropa y el calzado. Aunque hay formas de conseguir estas cosas sin comprarlas, a veces habrá que hacerlo. Sin duda tener un techo, es una necesidad básica pero, aunque generalmente hay que pagar por ella, no necesariamente hay que comprar una vivienda. Otras cosas que a veces tendremos que comprar, pues también pueden ser necesarias para vivir satisfactoriamente, son ciertos objetos o servicios relacionados con nuestro ocio: libros, discos, entradas para algún espectáculo, viajes, etc. Y no precisamos de muchas cosas más, entre ellas, algunos enseres para el hogar.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Un día (ir)racional

Una actitud responsable y precavida: repasar y comprobar en qué gastamos el dinero.

Acciones del día X:

(1) Vamos a comprar algunas cosas al supermercado Carreflús[1] (de momento, no hemos encontrado alternativa para adquirir ciertos productos). Pagamos y repasamos el ticket de compra: nos han cobrado por un producto un precio más alto del que marcaba en el estante. Protestamos y nos devuelven el dinero extra. Ya es la cuarta o la quinta vez que nos sucede en lo que va de año (y eso que venimos poco). ¿Tendremos que pensar mal del señor Carreflús ya que los errores siempre son favorables a su bolsillo?

jueves, 8 de agosto de 2013

¿Para qué ahorrar?


Si no gastamos en cosas o servicios prescindibles, ¿qué hacemos si nos sobra dinero? Ahorrar, ¿no? Bueno, ahorrar es más razonable que gastar tontamente, pero, a fin de cuentas, ahorrar ¿para qué? Mucha gente ahorra durante un tiempo para acabar comprándose algo innecesario pero más caro que los productos de consumo habitual. Y esto tampoco parece razonable.

Antes de volver a la cuestión de qué podríamos hacer con los ahorros, me gustaría reflexionar brevemente sobre el ahorro mismo. La idea de ahorrar, de acumular, es indisociable de la idea de gastar, de consumir. De hecho, el ahorro es posible en tanto que hay un exceso de trabajo –que, en nuestra  sociedad, se traduce en un exceso de ingresos- respecto al gasto realizado. Y ese exceso de trabajo, un exceso sobre las horas de trabajo necesarias para vivir austera pero dignamente, está pensado para consumir productos prescindibles. El ahorro -en el caso de la gente honrada y trabajadora- es el fruto de la represión del impulso de consumir productos innecesarios. Pero, por otro lado, siempre es consumo en potencia.